¡Buenos días!
Espero que hayáis empezado bien este 2026, ¡mis mejores deseos para tod@s!
Nosotros lo inauguramos en Oslo, Noruega, y hoy os quiero contar nuestra experiencia en un nuevo post de viajes.
En esta ocasión, Jose Luis llevó la cámara analógica y yo la digital, por lo que he decidido dividir este post en dos capítulos. Este primero va acompañado de mis fotos, y la próxima semana subiré la segunda parte con las maravillosas imágenes de Jose.
¡Bienvenid@s a esta bella ciudad del fiordo!

Noruega siempre nos había llamado la atención, y Oslo fue una sorpresa en el mejor sentido.

Nuestro viaje para pasar el fin de año fue tranquilo y muy inspirador, de esos que te dejan con la sensación de haber bajado una marcha.

Esta ciudad en invierno es muy especial.

Hace frío, sí, y los días son cortos, pero todo está pensado para hacerlo acogedor: luces cálidas, velas en las ventanas, cafés donde apetece quedarse horas y una calma que se agradece muchísimo, sobre todo si vienes de una ciudad tan caótica como Madrid.

Además, sorprende lo integrada que está en la naturaleza; no es raro caminar por una calle urbana y, de repente, encontrarte con el fiordo al fondo o con un parque enorme cubierto de nieve.

También llama la atención la relación que tienen los noruegos con el frío.

Nadie parece tener prisa por escapar de él, y aunque las temperaturas no suelen superar los 0 grados, es habitual ver a gente paseando y niños jugando al aire libre.

La zona del puerto nos pareció preciosa. Es una parte muy moderna de la ciudad, con edificios de diseño, restaurantes con grandes cristaleras y vistas al fiordo que, incluso en pleno invierno, impresionan.

Nos encantó caminar relajadamente por allí, hacer fotos y visitar alguno de sus maravillosos museos como el Astrup Fearnley Museet, especializado en arte contemporáneo.

Muy cerca se encuentra el Ayuntamiento de Oslo, un edificio bastante sobrio por fuera, pero con mucha importancia histórica. Su diseño es contundente y muy nórdico: un gran edificio de ladrillo rojo, flanqueado por dos torres cuadradas que dominan el puerto.

No busca ser bonito en el sentido clásico, pero tiene mucha presencia y encaja perfectamente con el carácter de la ciudad.

Visitarlo merece mucho la pena, incluso si no te llaman los edificios institucionales. Sus interiores están llenos de murales, mosaicos y frescos realizados por artistas noruegos, que cuentan la historia del país, su relación con el mar, la naturaleza y la vida social.

De la misma manera, en Oslo si hay un barrio con personalidad, ese es Grünerløkka.

Alternativo, creativo y relajado, está lleno de cafeterías acogedoras, tiendas vintage y restaurantes pequeños.

Frogner, en cambio, es más elegante y residencial, y aquí se encuentra el famoso parque de esculturas Vigeland, el más grande del mundo creado por un solo artista.

Está formado por más de 200 esculturas de bronce, granito y hierro forjado, firmadas por el artista noruego Gustav Vigeland.

Lo curioso es que no representan héroes, dioses ni personajes históricos, sino personas comunes: hombres, mujeres, niños y ancianos, mostrando emociones muy humanas.

Las esculturas hablan de la vida en todas sus etapas: la infancia, el amor, la maternidad, el paso del tiempo, la vejez… ¡Me quedé fascinada con su significado y filosofía!

Como seguramente sabréis, Oslo tiene una relación muy fuerte con el diseño y la arquitectura, y es algo que se nota en muchos rincones.


La Ópera es uno de los ejemplos más claros, con un espectacular tejado inclinado por el que se puede caminar.

También merece la pena dedicar algo de tiempo a la zona de museos, especialmente en la península de Bygdøy.

No hace falta verlo todo, pero entrar en alguno ayuda a entender mejor la historia del país y su conexión con el mar y la exploración.

Despedir el año en Oslo me pareció mágico, y me ayudó a empezar el 2026 con muy buenas vibras.

¡Feliz comienzo de la semana!