¡Buenos días!
En el post de hoy os voy a compartir las preciosas imágenes que capturó Jose Luis Tabueña con su cámara analógica en nuestro viaje a Noruega.
Estas fotos son más abstractas, y están llenas de magia.
La película propone otra relación con el tiempo, el error y la memoria. No solo consigue un «grano bonito”; también permite vivir cómo responde la luz, cómo maneja los blancos quemados, los negros profundos y los tonos de piel. Y aunque los filtros de hoy en día imitan, no reproducen del todo esa respuesta química.
A mí me parecen pura poesía… ¡Disfrutadlas!

En Noruega, los meses fríos, el sol apenas se eleva sobre el horizonte, y eso hace que el atardecer dure más de lo esperado, como si el cielo se resistiera a apagarse.

La luz se vuelve baja, dorada primero y luego rosada, bañando la ciudad con tonos cálidos que parecen pintados a mano.

Nos dio la sensación de que el fiordo de Oslo actúa como un espejo; el agua refleja naranjas suaves, lilas y azules helados, mientras los barcos quedan en sombras recortadas.

Hay algo profundamente íntimo en estos atardeceres de Noruega, y lo curioso es que ocurren temprano, cuando el país aún está despierto.

La luz actúa como un recordatorio de que incluso en la oscuridad prolongada, la belleza encuentra la forma de quedarse un poco más.

La puesta de sol ocurre alrededor de las 3 de la tarde y se describe como “blåtimen». No es exactamente el atardecer ni la noche, sino ese momento posterior en el que el cielo se vuelve azul profundo y la ciudad enciende luces cálidas.

Mucha gente organiza su día alrededor de ese momento; incluso hay quienes salen antes del trabajo para verla desde Ekeberg o Aker Brygge.

El sol no se pone “de golpe”. Debido a la latitud, su recorrido es muy oblicuo, casi horizontal, y eso hace que la luz se quede suspendida mucho tiempo cerca del horizonte.
El resultado es un atardecer largo, suave, sin contrastes violentos. Todo parece envuelto en una calma dorada que luego vira lentamente a tonos fríos.

También está el contraste térmico-emocional: mientras el aire es frío, la luz es extraordinariamente cálida. Ese choque genera una sensación muy especial.

Además, cuando el cielo está despejado y hay nieve, la luz puede reflejarse desde el suelo hacia arriba, iluminando fachadas, árboles y rostros desde abajo.

Es una luz casi teatral para quienes venimos de latitudes más bajas, y por eso, en esta época, las fotos de Oslo tienen ese aspecto tan etéreo, incluso sin edición.

Nos encantó pasear relajadamente envueltos en un escenario tan mágico.

De la misma manera, cuando se hace de noche, las luces navideñas acompañan con calidez la oscuridad. Farolas envueltas en guirnaldas, ventanas con estrellas de papel, velas eléctricas alineadas en los alféizares… cada detalle «abriga» el paisaje.

Lo que más me gusta es que muchas de estas luces no están en la calle, sino dentro de las casas, visibles desde fuera.

Las estrellas luminosas en las ventanas son una bonita tradición en toda Escandinavia; las vimos en Estocolmo y Copenhague también.

Como podéis apreciar, a pesar de las pocas horas de sol, la Navidad en Oslo se vive con mucha luz.
¡Feliz comienzo de la semana!
Expectaculares las imágenes,,,!!!! Muxu
Son maravillosas estas fotografías también! qué buen tándem hacéis!!